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 Diesel con Plomo

Cristóbal Tabares desarrolla un procedimiento que parece espejar al de Rayco Márquez. Si este pintaba con estilo de perito lugares supuestamente acogedores, aquél representa de manera más cálida y pictoricista sórdidos “no lugares”. En lugar de mirar con ojos de detective espacios donde aparentemente nada ocurre, Cristóbal Tabares dispensa la mirada cordial del pintor a las pruebas forenses de unos crímenes atroces. En Diesel con plomo, representa un conjunto de gasolineras norteamericanas en las que se cometieron crímenes acompañadas de las conversaciones que, según todos los indicios, antecedieron a su perpetración, poniendo de manifiesto la descorazonadora gratuidad de la inmensa mayoría de ellos. Al reconstruir con una animación pobre el registro de la cámara de seguridad de un asesinato turbadoramente absurdo, o con una grácil pincelada “plenairista” los escenarios de una violencia gratuita, nos obliga a deleitarnos, cuando no a reírnos, ante una realidad tan absurda que termina suscitando todo tipo de dudas sobre la veracidad de todo el proyecto. Verdad o mentira, la propia duda no hace más que aumentar la inquietud. Cuando la realidad supera la ficción, esta última no puede limitarse a documentar, y se ve obligada a poner de manifiesto, valiéndose del anacronismo del arte, la dificultad de representar el sinsentido. O de buscarle sentido a la representación.

Ramón Salas